Un aniversario más de la partida del profesor Oscar Lami creador del Museo Anadón de Victoria (sentidas palabras de su hijo)
Ante un nuevo aniversario del fallecimiento del siempre bien recordado profesor Oscar Lami, rememoramos las sentidas palabras que su hijo Oscar, brindó en el marco del festejo por los cuarenta años del Museo Carlos Anadón, creación “del profesor”.

Hilda Sosa WWW.ENTRERIOSNOTICIAS.AR
En el mes de septiembre del 2022, en el marco de las cuatro décadas del Museo Carlos Anadón, presidido en esa oportunidad por el escritor Claudio González, se realizó un importante acto conmemorativo a la fecha.
El momento cumbre de la ceremonia estuvo a cargo del hijo del profesor Oscar «Coqui» Lami, emblemático fundador y primer director de la casa, quien compartió unas sentidas palabras para homenajear el legado de su padre, un discurso colmado de anécdotas, gratitud y recuerdos que conmovieron a los presentes.
A través de un recorrido que entrelazó pasajes de su propia infancia con la evolución de la institución, rememoró los inicios del museo en la clásica sede de Calle Italia. «Pensar el museo es recordar mi niñez, las escaleras interminables que me encantaba subir y bajar, siempre con mi padre cerca pidiendo que no lo hiciera para no caerme», expresó con visible emoción ante la concurrencia. (video)
Una obra comunitaria hecha «a pulmón»
Durante su alocución, se rescató el valor del trabajo colectivo que dio origen a la institución. Recordó cómo la primera muestra se armó «a pulmón», mediante donaciones y préstamos de vecinos, familiares y amigos que aportaron su granito de arena, sello solidario que caracterizó al museo a lo largo del tiempo.
Asimismo, repasó la rica trayectoria de exposiciones que desfilaron por sus salas —desde colecciones de peinetones, indumentaria histórica y trajes de novia, hasta muestras de autos antiguos—, destacando además la proyección regional alcanzada mediante vínculos con museos vecinos y de la ciudad de Rosario, así como las investigaciones sobre el Quinto Cuartel y sus tradicionales caleras.
La faceta humana, el cine y la docencia
Uno de los momentos más coloridos de la tarde fue evocar el espíritu perfeccionista y obsesivo de «Coqui» Lami. Recordó con risas y nostalgia su debut cinematográfico en la película El dedo en la llaga (filmada en la ciudad), donde interpretó al encargado del teatro: «Practicaba frente al espejo su frase: ‘Yo le había dicho, profesor’, ensayándola de mil maneras distintas. Eso lo pintaba tal cual era: un buscador de la perfección».
En el plano educativo y filosófico, se destacó su vocación docente y su incansable labor como investigador. «Enseñar es el arte de ayudar al prójimo a ser mejor», leía una de las frases que su padre atesoraba en sus carpetas de trabajo. También rememoró una de las enseñanzas más emblemáticas que Lami repetía a sus alumnos: la invitación constante a «mirar para arriba, porque siempre hay algo más para mirar, disfrutar y encontrar».
Un legado imborrable
El cierre del discurso estuvo impregnado de gratitud hacia la comunidad, los colaboradores históricos como el señor Lugo Ríos y su propia familia. Citando al recordado locutor Juan Alberto Badía con la frase «trascender es seguir viviendo», concluyó:
«Al profesor, al director del museo, al historiador, al periodista, al escritor, a Coqui, a vos mi viejo: dejaste en todos y en cada uno recuerdos, y en el museo, vida, corazón, cuerpo y alma».
Con estas palabras, la comunidad victoriense rindió tributo a quien no solo dio forma a un espacio de resguardo patrimonial, sino que dejó una marca indeleble en la identidad y la cultura de la región.
Palabras de Oscar lami (hijo)
«A estos 40 años del museo, escribí algunas palabras que quiero compartir con ustedes. Creo que ahí van a poder entender el nerviosismo y las sensaciones que uno tiene en este momento acá adelante. Antes que nada, repito: gracias por estar todos acá. Para mi familia es muy importante y fortalecedor este homenaje, tanto a la institución como a mi padre. Durante muchos años, y aún hoy, es difícil pensar en el museo sin pensar en Oscar; eran un sinónimo.
Pensar el museo es recordar mi niñez, recordar el comienzo en Calle Italia, esas escaleras interminables que me encantaba subir y bajar, siempre con mi padre cerca pidiendo que no lo hiciera para no caerme. Como siempre sucedió, el armado de la primera muestra fue a pulmón, con donaciones y préstamos de vecinos, pero sobre todo con ayuda familiar y de amigos, característica que se mantendría a lo largo de los años. Todos pusimos nuestro granito de arena para ayudar en lo que se necesitara a la hora de armar una exposición. Incluso hasta hace pocos años, en una de las vitrinas se podía leer una esquela conmemorativa que hice por pedido de mi padre en 1982.
Así, año tras año y muestra tras muestra, se fue dando la colaboración y la opinión de gente que luego dio lugar a la Asociación de Amigos del Museo, tan importante y necesaria. Pasaron incontables exposiciones: peinetones, sombreros, artículos del hogar, instrumentos; trajes de novia, recorridos de autos antiguos… Siguieron soñando y se dieron colaboraciones con museos de la región, incluso con la vecina ciudad de Rosario. Vinieron capacitaciones, congresos, la posibilidad de una nueva locación, recorridos por el Quinto Cuartel y sus caleras, y cientos de entrevistas en medios locales, provinciales y nacionales.
Muchas veces los encuentros originaban y terminaban en mi casa con personas de todos los ámbitos. Por ejemplo, el director de la película El dedo en la llaga —una de las tantas filmadas acá— estuvo charlando sobre ese proyecto. Tiempo después, mi padre tendría su debut en la pantalla grande como el encargado del teatro y su memorable frase: «Yo le había dicho, profesor». ¿Cómo explicarles la incontable cantidad de veces que pronunció esa frase? Se ponía frente al espejo y la ensayaba de distintas maneras. Lo comento porque eso lo pinta tal cual era: un obsesivo, un buscador de la perfección.
Podría hablar mucho más y recordar cientos de anécdotas, ya que tuve la suerte de acompañarlo en todo el proceso como director del museo, así como lo fue mi madre y el señor Lugo Ríos, que por suerte está aquí presente. Pero inevitablemente prefiero recordarlo a él. Fue un ávido curioso, siempre en constante búsqueda de conocimiento para ponerlo en práctica, perfeccionarse y transmitirlo. En una carpeta tenía una frase que decía: «Enseñar es el arte de ayudar al prójimo a ser mejor»; un arte con estrategias sutiles, pero llenas de ingenio, compasión y amor. Enseñar es el arte de convertirse en un ejemplo, no tanto por lo que se dice, sino por lo que se siente, se hace y se es.
En su faceta docente abrazó la profesión con pasión. Aún hoy, sus alumnos recuerdan su pedido de «mirar para arriba», porque siempre hay algo más para observar, disfrutar y encontrar, o su insistente mirada a la perspectiva. Otra frase latente en él era que «la tarea del investigador nunca termina». Su lucidez mental y claridad de pensamiento fascinaban a cualquiera que compartiera una charla con él. Extraño su mirada objetiva y la paciencia que tenía para explicar.
¿Cómo me gustaría que lo recuerden? No lo sé a ciencia cierta. Creo que quien lo conoció, trató, o fue su alumno, tendrá un recuerdo distinto. En lo personal, como un apasionado de las artes, la historia y la cultura; como un profesor y un hombre que quiso e hizo lo mejor por y para la ciudad. Dejó un legado y se preocupó por lograr que cada persona que estuvo con él fuera un poquito mejor. Como dijo Juan Alberto Badía: «Trascender es seguir viviendo», y vaya si lo logró.
Al profesor, al director del museo, al historiador, al periodista, al escritor, a Coqui, a vos, mi viejo: dejaste en todos y cada uno recuerdos, y en el museo vida, corazón, cuerpo y alma. Muchas gracias y hasta cada momento.»




