¿Porqué la advocación de Nuestra Señora de Aránzazu forjó nuestra identidad? la palabra de la historiadora Ana María Balbi
La historiadora Ana María Balbi nos habló de la advocación mariana Nuestra Señora de Aránzazu, cuya llegada y devoción a nuestro suelo, nos ha forjado y definido identitariamente. ¿Porqué un 8 de septiembre? ¿porqué el Padre Spiazzi se entrevistó con gente anciana que le aportó datos intrafamiliares sobre aquel día de 1810?

Hilda Sosa WWW.ENTRERIOSNOTICIAS.AR
Reconocida por su sapienza sobre nuestra identidad victoriense, no sólo histórica y social en general, sino desde un costado religioso, plasmada en libros de su autoría como “ Ministerio Pastoral de los Benedictinos de la Abadía del Niño Dios en la Parroquia Nuestra Señora de Aránzazu 1899-1988” y “La Matanza, hoy Victoria, de Pago a Pueblo”; entre otras obras y trabajos, la historiadora Ana María Balbi dialogó con nuestro medio, en un marco de días de novena a nuestra patrona vasca, exponiendo asi sus hallazgos historiográficos, que hacen espejo en nuestra localía.
Una extensa charla, donde no hizo mella, ni escatimó en palabras al relatar los albores de nuestra tierra, donde el protagonismo comunitario y la impronta de la migración vasca en los orígenes del oratorio erigido en 1810 en la antigua Matanza, fueron los artífices de esta advocación de Nuestra Señora de Aránzazu, que claramente nos define identitariamente.
Balbi puso de relieve el valor documental y humano que explica por qué la advocación de Nuestra Señora de Aranzazú no fue una imposición, sino un pilar identitario elegido y construido por el propio pueblo a comienzos del siglo XIX.
Para comprender cómo una advocación originaria de Oñate (Guipúzcoa, País Vasco) llegó a las tierras de la antigua Matanza —denominación que tuvo Victoria hasta 1829—, la investigadora señaló que es necesario remitirse a los flujos migratorios de la etapa colonial.
«Los migrantes vascos traían consigo sus prácticas, fe e identidad. En cada punto de Hispanoamérica donde se asentaron, fundaron cofradías y espacios de culto bajo la protección de Aranzazú”.
El liderazgo de Ezpeleta…»entre todos por el oratorio»
El asentamiento de figuras como Salvador Joaquín de Ezpeleta, su hermano, y Gregorio Galarreta a inicios del siglo XIX fue determinante. Ezpeleta, quien asumió el rol de primer mayordomo del primitivo oratorio bendecido en 1810, articuló una red de contactos cruciales, entre ellos con el sacerdote vasco Antonio Picassarri, radicado en la Catedral de Buenos Aires, encargado de adquirir los primeros enseres litúrgicos y un lienzo con la imagen de la Virgen.
Sin embargo, Balbi enfatizó un rasgo excepcional del caso victoriense:
«A diferencia de otros lugares donde las autoridades eclesiásticas designaban la advocación, aquí fueron los mismos pobladores —vecinos, vecina, peones, criollos, afrodescendientes y pueblos originarios— quienes propusieron y respaldaron a Nuestra Señora de Aranzazú.»
Los registros de la época —conservados en los libros de bautismos, matrimonios y en el cuaderno de contabilidad que llevaba Ezpeleta— demuestran el esfuerzo colectivo. Toda la comarca del departamento, desde Laguna del Pescado hasta los distritos rurales, contribuyeron a la construcción del Oratorio, espacio sagrado mediante la donación de vacunos y jornales de trabajo donados por los peones más humildes.
Transformación de la imagen y resistencia del 8 de septiembre
La representación de la patrona también tuvo su propia metamorfosis a lo largo del tiempo:
- El lienzo original (1810): Primera representación traída por Picassarri.
- La «Fundadora» (c. 1839): Imagen de bulto registrada en los inventarios, cuya tradición oral atribuye a viajes de Ezpeleta.
- La Réplica del País Vasco: Traída en el año 2004 durante el curato del Padre Raúl María Benedetti, quien viajó a Oñato, para luego ser emplazada a la izquierda del altar en la actual Basílica.
La fecha del 8 de septiembre, día festivo de la Virgen de Aranzazú, tampoco estuvo exenta de luchas. Décadas atrás, ante las restricciones eclesiásticas para celebrar el día exacto, los ciudadanos formaron comisiones de damas y vecinos para exigir ante las autoridades el reconocimiento oficial y el asueto local, consolidando la fecha como un símbolo innegociable de la identidad victoriense.
Un pueblo que nació junto a su fe
Balbi rescató además los coloridos relatos orales que el sacerdote benedictino Gregorio Spiazzi recopiló a mediados del siglo XX entrevistando a los descendientes de los primeros pobladores. En aquellas memorias se describe el día de la entronización de 1810 como una fiesta transversal que unió a todas las clases sociales, vestimentas y orígenes en torno a la patrona.
A través de los vaivenes políticos —desde la colonia, pasando por la Revolución de Mayo y la Independencia—, la advocación de Aranzazú se mantuvo inalterable. Claramente «Aránzazu» se transformó en la trama invisible que unió a una comunidad diversa para dar origen a lo que hoy es nuestra ciudad, Victoria.





