Una Revolución Radical estallaba en Argentina en febrero de 1905

El 12 de Octubre de 1904 el Conservador Manuel Quintana asumió la Presidencia de la República Argentina, “tras haber ganado en comicios fraudulentos y poco participativos”. Mientras tanto, desde el 29 de Febrero, el Movimiento Radical, liderado por el Doctor Don Hipólito Yrigoyen, se mantenía en “actitud abstencionista, intransigente y revolucionaria”. Posteriormente, el Caudillo Radical, en relación a ésta postura, expresó: “Con la Revolución se propuso mantener en pie de permanente rebeldía (en la conspiración constante) a la ciudadanía Argentina, contra los usurpadores del poder. Con la Intransigencia se encerraban los postulados del Dogma, en una interpretación ortodoxa e intangible. De tal modo, se hacía imposible la desvirtuación de su sentido ético e histórico en entendimientos o uniones con facciones políticas a las que siempre habíamos combatido. Con la Abstención se lograba evitar que gran parte de los ciudadanos cedieran a los halagos de las prebendas y del usufructo de las cosas materiales a cambio del debilitamiento de sus conciencias de hombres libres. Era ese modo duro y sacrificado de probar el temple de los mejores y resguardarlos como reservas morales para continuar con la larga lucha, hasta el día de la victoria”.
Más tarde, el 4 de Febrero de 1905, se produjo una nueva Revolución Radical “en Bahía Blanca, Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Rosario y Santa Fe”, dirigida por el Doctor Don Yrigoyen, Jefe del Comité del Radicalismo de la Provincia de Buenos Aires, “quién había construido su poder sobre la base al contacto personal con los líderes naturales de cada Pueblo (boticario, cura párroco, maestro, estanciero, etc.), sin desdeñar a los oficiales jóvenes del Ejército, a quienes comprometió en el alzamiento”.
En términos generales: “fue uno de los movimientos más importantes que sufrió la República, por el número de militares comprometidos, las fuerzas vinculadas y la extensión de la rebelión. Se había trabajado con mucho sigilo pero, a pesar de eso, el Gobierno estaba avisado de la situación”. Así, en aquel contexto, el levantamiento fracasó en la Capital y en Campo de Mayo, “donde se encontraban los nuevos cuarteles”, pero “hubo lucha en Bahía Blanca (Provincia de Buenos Aires) y Rosario (Santa Fe)”.
En la Capital Federal, como se expresó, “las medidas represivas sofocaron en sus comienzos al movimiento. Los revolucionarios fallaron al no poder asegurar el control del Arsenal de Guerra porteño cuando el General Carlos Smith, Jefe del Estado Mayor del Ejército, desplazó a los soldados yrigoyenistas”. Las tropas leales al Régimen Oligárquico y la Policía “recuperaron pronto las comisarías tomadas por sorpresa y rindieron los cantones revolucionarios Radicales”.
Paralelamente, “la ciudad de Córdoba fue tomada por los revolucionarios y el Vicepresidente de la Nación, Doctor José Figueroa Alcorta, quedó detenido. Mientras tanto, el General Julio Argentino Roca, ex Presidente de la República, estuvo a punto de ser apresado, mientras veraneaba en su estancia de Ascochinga, pero, al ser avisado, escapó a Santiago del Estero. En cambio, fueron detenidos su hijo, el Diputado Julio Argentino Pascual Roca, y Francisco Julián Beazley, ex Jefe de Policía de Buenos Aires e Interventor de San Luis”.
Finalmente, en Mendoza, “los Radicales del Señor Don José Lencinas desalojaron al Gobernador. Pero en definitiva, a pesar de estos éxitos parciales, el triunfo correspondió al Gobierno Nacional y los revolucionarios que no quedaron presos, o en la clandestinidad, debieron exiliarse y los oficiales rebeldes recibieron severas sanciones”.
Un eco de las antiguas luchas se percibía en las motivaciones del alzamiento. Uno de los complotados había dicho: “Soldados, vamos a realizar una cruzada transcendental para la argentinidad próxima a morir, que es el reverso de Caseros y Pavón”. Y el General Fotheringham, Jefe de la Quinta Región Militar, leal al gobierno, elogió el valor de los rebeldes, “herencia de la epopeya aquella que tanta página de oro ha dado a la historia”. Porque según ha observado el Historiador Don Juan Agustín García: “El culto del coraje formaba parte de los cuatro factores fundamentales de la vida argentina”.
Mientras tanto, la opinión oficial descalificó la rebelión que colocaba al país a la altura de “una republiqueta sudamericana”. Por su parte, el Doctor Don Yrigoyen, que tres meses después se presentó al Juzgado Federal “asumiendo la responsabilidad del movimiento”, lo justificó, diciendo que era: “una protesta armada respetable…A pesar de la derrota estamos de pie. La conspiración continúa y debemos reconstruir los cuadros civiles en la provincia” de Buenos Aires. “Quedaba tendida entonces la amenaza de una nueva acción en la defensa del sufragio secreto, obligatorio y universal, el federalismo, las autonomías de los municipios, la austeridad en la administración pública y la defensa de los sectores postergados de la sociedad”.
Luego de un breve interrogatorio, el Doctor Don Yrigoyen “fue dejado en libertad bajo fianza y todos los detenidos e imputados de la revolución fueron indultados”, tras asumir como Presidente de la República el Doctor José Figueroa Alcorta (por el fallecimiento del Doctor Quintana).
Aunque nuevamente el alzamiento no tuvo éxito, “en terminar en forma inmediata con el fraude imperante”, sirvió para convencer a muchos de los dirigentes de la época en que se hacía necesario realizar cambios profundos en el sistema político vigente, propuesta que se tradujo finalmente, en 1912, con la sanción de la Ley Sáenz Peña.
Prof. Damián D. Reggiardo Castro.
Fuentes Consultadas:
-Pérez Amuchástegui A. J. “Más Allá de la Crónica. Tomo V”. Editorial Codex S. A. Buenos Aires. Argentina, 1969. Págs. 180-184 y 187- 197.
-Sáenz Quesada, María. “La Argentina. Historia del País y de su Gente”. 1º Ed. Buenos Aires. Sudamericana, 2012. Págs. 428-430.
-Yrigoyen, Hipólito. “Mi vida y mi Doctrina (1923)”. Editorial Leviatán. Buenos Aires. Argentina, 1987. Pág. 79.




